Eze
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cantares, libres o de pie forzado, alegres o tristes, amo-rosos o patrióticos, pero siempre fáciles, espontáneos ysentenciosos, durante la sesión horas y más horas, a veceshasta que alboreaba, porque ni el payador se hacía elremiso, ni se cansaban de oírle sus oyentes, y alternandofrecuentemente los cantos con pasteles y tortas fritas, conel coperío y el mate, de rigor en todas las fiestas criollas.
Miel sobre hojuelas si se reunían, como con frecuenciasucedía, dos payadores y cantaban de contrapunto. Comogallos de pelea aprestábanse a la lucha, y requería cadauno sus mejores cantares y su profunda y marrullera gra-mática parda para aplastar al contrincante, retrucándoseel uno al otro sin achicarse, con la misma facilidad en laexpresión, con igual malicia en la intención, prolongándosela lucha, si eran más o menos de igual fuerza, largas ho-ras, viéndose obligados a veces a suspenderla, ya muytarde, para continuarla en la noche siguiente. Vuelta aempezar en otro punto la lucha, si en ésta quedaron igua-les los campeones; si alguno sufría una seria derrota, seretiraba avergonzado y corrido. Y tan a pecho tomabanesos torneos y tal cuidaban su fama los payadores, que secuenta de algunos que sintieron tan dolorosamente la de-rrota, que se quitaron la vida para no sobrevivir a la des-honra.
Hoy ha cambiado todo esto. No recorre ya las pampasel trovador; acaso veréis aún vagar por las orillas delos pueblos algún cantor criollo recorriendo las pulperías,pero no es ya el payador de antes, sino un tipo degene-rado, el milonguero, que lleva a todas partes sus viciosy su haraganería, pendenciero y borracho, dicharacherosiempre, pero sin inspiración, sin aquella elevación dealma característica de los antiguos payadores.
Se va el payador clásico, mejor dicho, ha desaparecidoya, ante la acción niveladora de la civilización, que uni-forma usos y costumbres, tipos y caracteres de unos yotros pueblos. Se ha transformado el payador, ha modifi-cado su manera de ser. No recorre ya la pampa. ¿Paraqué, si allí encontraría en gran número extranjeros de-dicados a los trabajos de la agricultura, que no le enten-derían ni gozarían con sus cantos? De gaucho errante seha convertido en artista vestido a la moderna que reco-rre los pueblos, cantando en los circos, en los clubs, enlos teatros; el cantor romántico, caballeresco podríamosdecir, ha cedido el puesto al artista que sabe cuánto valey se hace pagar bien su arte.
En la actualidad son pocos los buenos payadores, dis-tinguiéndose entre todos el moreno Gabino Ezeiza, joven,flacucho, pequeño de cuerpo si bien grande de alma,inteligente, de improvisación facilísima y muy galano enla expresión de sus conceptos. Aunque, en honor de laverdad, sólo es así Gabino acompañándose con la guita-rra, como si en ella residiera su virtuosidad. En 1893hubo, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, unamanifestación política en honor del malogrado elocuentí-simo orador doctor Aristóbulo del Valle, bajado recien-temente a la tumba; en la estación del ferrocarril, en tan-to que llegaba el tren que debía conducir a Buenos Airesal ilustre huésped, llegó al colmo el entusiasmo de losmanifestantes, caldeando los ánimos discursos y vivas,músicas y cohetes. Allí estaba Ezeiza, gritando como losotros, y como todos entusiasmado; se le pidió que habla-ra, le alzaron algunos en hombros, y aquel hombre queen un circo improvisaba fácilmente sobre cualquier asunto,quedó allí cortado y corrido y pudo pronunciar apenasuna docena de palabras y aun de la manera más torpeposible.
Le faltaba la guitarra, de manera que de Ezeiza yacaso de todos los payadores puede decirse lo contrariode la frase criolla, “que otra cosa es sin guitarra”.
¿Desaparecerá el tipo del payador? No es fácil, alo menos durante mucho tiempo. Ha resistido el cambioexperimentado en las costumbres argentinas, la transfor-mación realizada en la sociabilidad argentina. La mismametamorfosis que ha sufrido le ha dado nuevas aptitu-des para la vida; si hubiera tenido que sucumbir, no sehubiera transformado, sino que, como el gaucho, hubieraya dejado de ser. No hay argentino que no se apasionepor los payadores, como no hay ninguno que no lleve ensu alma condiciones suficientes para convertirse en el mú-sico y poeta. ¿Cómo ha de morir así, esta manifestacióndel arte criollo? Está la existencia del payador ligadacon la esencia misma de las cosas; tiene su razón de seren aquella grandiosa naturaleza y en el modo de ser pe-culiar de aquel pueblo, valiente y generoso, altivo y su-frido, siempre pronto al sacrificio y dispuesto siempre aolvidar entre los sones de la guitarra y al compás de suscantos populares, todos sus sinsabores, todas sus miserias,sus desdichas todas. (1896).
Francisco Pi y Suñer.”