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de la Luz ?.... Ninguna razón plausible puede alegarse en contrario : laúnica de algún peso, que era la unidad ó sincronismo de la construc-ción, ademas de ser más aparente que real, cuando se repara en quetanto la primitiva fábrica como la refrontacion eran debidas al estilo mu-dejar, y obedecían por tanto á las mismas prácticas tradicionales de losalharifes toledanos 4 , pierde toda su fuerza ante esta irresistible prueba.Para que no pudiera quedar resquicio alguno á la duda, las paredes delexpresado ingreso conservan á uno y otro lado vestigios del antiguo re-vestimiento, que existe asimismo en los intradós de las hornacinas, encuyos fondos brillan las Pinturas murales , que motivan este estudio.
Temerario fuera ya recelar de la exactitud de los hechos : cuantasdudas excitaba en nosotros la fachada del Nordeste, edificada á finesdel siglo XY, habían desaparecido, quedando en consecuencia expeditala senda, que nos podia conducir á determinar (ya que el desevolvi-miento artístico, á que pertenecía, nos era conocido) el momento proba-ble en que habían sido ejecutadas las Pinturas murales del Santo Cris-to de la Luz. Como recordarán nuestros lectores, señalábanos la historiade la Ermita dos diferentes épocas, á que era posible atribuir estas pin-turas de Toledo . Referíase la primera á la ampliación verificada en lamezquita mahometana por el monje cluniacense don Bernardo, primer ar-zobispo de Toledo , electo en 1086 : era la segunda la de la donación dela Ermita realizada en 1186 á instancia de Alfonso VIII , á la OrdenMilitar de San Juan de Jérusalem por el arzobispo don Gonzalo Perez, queciñó la mitra primada de 1182 á 1191. En verdad, á los que exclusiva-mente atendieran al desarrollo general de la pintura en los pueblos me-ridionales, y con más particularidad en Italia , no se ofrecería reparo al-guno, habida consideración á los caractères simplemente artísticos deestos raros monumentos, en optar por la edad de don Bernardo; peroconsiderando, como nosotros lo hacemos, que por su misma situacióngeográfica, si alguna vez parece adelantarse nuestra Península á los de-mas pueblos neo-latinos, es con frecuencia la última en reflejar los des-arrollos generales que tienen su cuna, como sucede á éste de la pintura,en lejanas regiones, habría motivo para vacilar entre ambas épocas y áunpara inclinarse á la segunda.
Una observación particular podría acaso decidirnos á adoptar esteúltimo extremo. Al describir la zona inferior del muro de la izquierda,hemos hallado en su primera hornacina una figura varonil, «cuya ca-»beza (hemos dicho) exorna el cerquillo ó corona monacal, vistiendo»un sayo oscuro ó prieto, y cubriendo sus hombros un manto ó capa de»púrpura. Sostiene en ambas manos cierta manera de báculo, pértiga ó»bastón, signo de santidad ó prelacia» 1 2 3 . ¿A quién representó, pues, estemonje prelado?..... Si por fortuna no hubiera sido destruida, al trazarsela hornacina grande que hoy vemos en la misma zona, la de iguales di-mensiones á esta primera, que debió existir al otro lado de la puerta deingreso, tapiada ántes de abrirse aquel arco 5 , la respuesta sería ménosdifícil y tal vez enteramente satisfactoria. Acaso viéramos allí la imágende otro prelado; y en esta hipótesi no sería grandemente aventurado elsuponer que representáran ambos á los ya citados arzobispos, don Fernan-do y don Gonzalo. La solución se haría, en tal concepto, tan natural comosegura : las Pinturas murales descubiertas en la Ermita del Santo Cristode la Luz, serian indefectiblemente posteriores á la donación de 1186.
Mas ya que tan completa demostración no puede obtenerse por estemedio, destruida infelizmente la citada hornacina, no abandonáramos la
la reconstruction du côté extérieur du mur, executée dans la partie centralede Ermitage du Santo Cristo de la Luz ?....» On ne peut alléguer à l’en-contre aucune raison plausible : la seule de quelque poids, l’unité ou syn-chronisme de la construction, plus apparente que réelle, quand on remarqueque la construction primitive, comme celle restaurée, étaient dues au stylemudéjar et obéissaient, par conséquent, aux mêmes pratiques traditionne-lles des alharifes toledans 4 , perd toute sa force devant cette irrésistiblepreuve. Pour qu’il ne put rester aucun fondement au doute, les parois decette entrée gardent, de l’un et de l’autre côté, des traces de l’ancien re-vêtement, qui existe également dans les intrados des niches, sur le fonddesquelles brillent les Peintures murales, qui font l’objet de cette étude.
Il serait téméraire de se défier de l’exactitude des faits : tous les dou-tes, qu’avait excités en nous la façade du Nord-Est, édifiée à [la findu XV e siècle, avaient disparu, et par conséquent la voie était libre quipouvait nous conduire à déterminer (puisque le développement artisti-que auquel elle appartenait, nous était connu) le moment probable oùavaient été exécutées les Peintures murales du Santo Cristo de la Luz.Gomme nos lecteurs se le rapelleront, l’histoire de l’Ermitage nous si-gnalait deux différentes époques, aux quelles il était possible d’attribuerces peinturas de Tolède . La première se rapportait à l’agrandissement,réalisée dans la mosquée mahométane par le moine de Cluny don Bernard,premier archevêque de Tolède , élu en 1086 : la seconde était celle dela donation de I’Ermitage réalisée en 1186, sur les instances de Alphon-so VIII à l’Ordre Militaire de Saint Jean de Jérusalem par l’archevêquedon Gonzalo Perez, qui ceignit la mitre de la primatie de 1182 à 1191.En vérité ceux qui se fixeraient exclusivement sur le développement gé-néral de la peinture chez les peuples méridionaux, et plus particulièrementen Italie, n’hésiteraient pas un seul moment, à ne considérer que les ca-ractères simplement artistiques de ces rares monuments, à opter en fa-veur de l’époque de don Bernardo; mais en considérant, comme nousle faisons ici, que par sa situation géographique même, si quelquefoisnotre Péninsule semble devancer les autres peuples néo-latins, elle estfréquemment la dernière à refléter les développements généraux, qui ontleur berceau, comme cela arrive pour la peinture, dans des régions loin-taines, il y aurait des motifs d’hésiter entre les deux époques et même depencher vers la seconde.
Une observation particulière pourrait peut-être nous décider à adoptercette dernière. En décrivant la zone inférieure du mur de gauche, nousavons trouvé dans la première niche une figure d’homme, «dont la tête»(disions-nous) est ornée de la tonsure ou couronne monacale; cette figu-»re porte un vêtement sombre ou noirâtre, et ses épaules sont couvertes»d’un manteau ou chape de pourpre. Il tient des deux mains (avons-» nous dit) une certaine forme de crosse, perche ou bâton» 2 . Qui, donc,
ce moine prélat représenta-t-il?.Si par bonheur, en traçant la grande
niche que nous voyons aujourd’hui dans la même zone, celle de dimen-sions égales qui dût exister de l’autre côté de la porte d’entrée, mu-rée avant que ne s’ouvrit cet arc 5 , n’avait pas été détruite, la réponseserait moins difficile et peut-être complètement satisfaisante. Peut-être yverrions-nous l’image d’un autre prélat ; et dans cette hypothèse, ce neserait pas s’aventurer beaucoup de supposer que les deux représenteraientles deux archevêques déjà cités, don Fernando et don Gonzalo. La solu-tion, sous ce rapport, deviendrait aussi naturelle que certaine : les Pein-tures murales découvertes dans FErmitage du Santo Cristo de la Luz,seraient incontestablement plus récentes que la donation de 1186.
Mais, puisque cette démonstration, si complète, ne peut être, obtenuepar ce moyen, la dite niche ayant été malhereusement détruite, nous
1 Téngase en cuenta que la construcción de la primitiva Mezquita ofrece los mismos caractères. Analizándo-la oportunamente, dejamos hecha esta misma observación : por manera que, si la aparente igualdad de la cons-trucción pudiera tener fuerza bastante para resolver sobre su antigüedad de un modo concluyente, la misma ra-zón militaria en orden á la Mezquita, y la suposición sola ofende al buen sentido. Lo que sucede es que, tra-tándose de un arte de construir, que vive exclusivamente de un modo tradicional, y pasados ya trescientossetenta y dos años, por lo ménos, sobre la última fábrica, es muy difícil determinar esas diferencias, si no en-teramente imposible. Las pruebas que presentamos, y que pueden nuestros lectores comprobar en la plantaque les ofrecemos, son en cambio irrecusables.
2 Véase la pág. 14 de esta 11. a Parte.
3 La demostración de esta verdad la ofrece no solamente el examen de la planta que publicamos, sino lainvestigación interior del muro.—Los entendidos arquitectos tantas veces mencionados respondían á la pregun-ta relativa á este punto, diciendo: «Para cerrar esta entrada, dar consistencia al muro y formar la hornacinagrande, donde existen las pinturas borrosas, se construyó, enlazándolo con la fábrica antigua, un machón,hecho con diferente mortero y ladrillo que los de construcción primitiva, y procurando no destruir la especiede pilastra que forma el lado izquierdo del nicho, existente en la misma zona. El espacio, que media entre elángulo del muro antiguo de la puerta y el del posterior, se tabicó con ladrillo, y despues se pintaron las histo-rias ininteligibles que ofrece.» Es evidente que sólo, al hacerse esta modificación, debió destruirse la hornacina,que sin duda habría al otro lado de la puerta de ingreso, recogida dentro de la refrontacion á fines del si-glo XV.
2 II faut tenir en compte que la construction de la mosquée primitive offre les mêmes caractères. En l’ana-lysant nous avons fait cette même observation : de sorte que, si l’égalité de la construction pouvait avoir assezde force pour décider de son antiquité d’une manière concluante, la même raison militerait en faveur de la Mos quée , et celte supposition seule offense le bon sens. Ce qui arrive c’est cpie, comme il s’agit d’un art de cons-truire qui vit exclusivement d’une façon traditionnelle, et que trois cent soixante-douze ans, pour le moins, sontpassés sur la! dernière construction, il est très-difficile d’en déterminer les différences, si ce n’est pas absolumentimpossible. Les preuves, que nous présentons et que nos lecteurs peuvent contrôler dans le plan que nous leuroffrons, sont en revanche irrécusables.
1 Voir la page 14 de cette II. e Partie.
3 La démonstration de celte vérité n’est pas seulement donnée par l’examen du plan que nous publions, maispar l’investigation intérieure du mur.—Les habiles architectes tant de fois cités, répondaient à la question faitesur ce point, en disant : «Pour fermer cette entrée, donner de la consistance au mur et former la grande ni-che, où existent les peintures effacées, on construisit, en le reliant avec la maçonnerie ancienne, un contrefort,fait avec un mortier et des briques différents de ceux de la construction primitive, et en ayant soin de ne pasdétruire l’espèce de pilastre, que forme le côté gauche de la niche, existant dans la même zone. L’espace inter-médiaire entre l’angle de l’ancien mur de la porte et celui du mur plus récent, fut cloisonné avec des briques,et puis on peignit les histoires inintelligibles qui s’y trouvent.» Il est évident que ce n’est qu’en faisant cettemodification, qu’on dut détruire la niche, placée sans doute à l’autre côté de la porte d’entrée, enveloppée dansla reconstruction à la fin du XV e siècle.