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los que, durante tres siglos, se vienen condensando todas las ciencias ylas mayores destrezas en las artes. En las centurias largo tiempo hacetrascurridas, aquella tendencia inflexible de la inteligencia y del saber deque se trata, será difícil evidenciarla; pero no por eso, ni por la lentitudaparente con que circuló entonces el pensamiento humano, fué menos realy positivo su carácter mencionado.
Repetidas veces se oye decir á la multitud inofensiva que forma ecocon las personas de preciada ilustración, hiperbólicas frases sobre la im-prenta y la moderna telegrafía, llegando con frecuencia á conceptos tanexajcrados, que si se les creyese, casi habría necesidad de admitir queel hombre y su inteligencia, desde el siglo XV en adelante, no tuvieronsemejanza alguna con los hombres y el espíritu de sus padres en lossiglos anteriores. Esta opinión y aquella hipérbole, al que las oye confrialdad creemos que le deben hacer comprender la situación de aquel re-público romano á quien la fortuna de un vencedor intentó sorprendery admirar, valiéndose para ello de uno de los colosales seres de origen
asiático, con cuya vista se liabia alcanzado la victoria en el terreno de lafuerza, y con cuya forma se pensó, examinada de cerca, conseguir unnuevo triunfo en el terreno de la discusión y de la diplomácia, en la situa-ción de un antiguo pueblo como lo fué el romano, vencido pero no aba-tido aquel dia por la desventura y desgracia.
La imprenta y la telegrafía son dos de las grandes conquistas que, conorden y tiempo preparadas previamente, han conseguido los siglos moder-nos; pero para nosotros por muy grandes que aquellas sean, el pensa-miento de la humanidad, y su fuerza evidente para circular, son hoy yfueron siempre incomparablemente mayores, tanto en las épocas en que seve y siente marchar al primero, como en aquellas en que no nos parecemoviente, y sin embargo fué trasportado por las familias nómadas, por lospueblos emigrantes, por la guerra mantenida y sostenida, bien por aven-tureros, ya por los grandes ejércitos de la antigüedad, en los atrevi-dos viajes marítimos y terrestres de algunos pocos, por los mercaderes detodos los países, por los legisladores y sus leyes en algunas naciones, ypor el fausto, el lujo y hasta los vicios de ciertos pueblos, en los cuales,mientras los unos conseguian el bienestar tal como ellos le comprendían,los otros tenían que recorrer la faz de la tierra trabajosamente para satis-facer, entonces como ahora, necesidades sociales premiosas y positivas.
La anterior opinión, aunque parezca cstraña en este lugar y como comienzode un estudio sobre las casas lunares según los libros Alfonsíes y de Lllugh-Beigh, trae á la memoria además esos profundos estudios de los tiempos mo-dernos, que se llaman de la etnografía de la familia humana, estendiéndosey ganando con lentitud la superficie de la tierra habitable y habitada. Peroá falta de una espresion á propósito en la lingüística moderna, diremos que