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En otra parte dice: “Cuando considero la enorme-velocidad, matemáticamente demostrada, con que se pre-cipitan las piedras meteóricas desde las últimas capas■de la atmósfera hasta el suelo, y la corta duración de sutrayecto, no puedo resolverme á creer que un tan pe-queño tiempo haya bastado para condensar una materiagaseiforme, con virtiéndola en un núcleo sólido, metálico,con incrustaciones perfectamente formadas de cristales dedivina, de labrador y de pirógeno.”
Y efectivamente, si el bólido se muestra con velocidadinicial considerable, el aerolito no posee sino una veloci-dad correspondiente á su altura de caída, disminuida porla resistencia del aire. Rara vez penetran la superficiedel suelo, y cuando lo verifican, llegan á muy pocos cen-tímetros de profundidad.
Consideraciones semejantes llevaron á Elammarion á■ emitir la idea de que la mayor parte de las piedras quecaen del cielo, pueden ser originarias de la Tierra misma,y haber sido lanzadas en el espacio por erupciones volcá-nicas de los tiempos primitivos.
Pasemos ahora á exponer otras objeciones contra la•teoría actual de las estrellas fugaces y de los bólidos;pero antes queremos decir, que entre las causas deerror más funestas á las lucubraciones del pensamien-to, está, sin duda alguna, la de las ideas preconcebidas,porque ellas arrastrau aún á las más esclarecidas y expe-rimentadas inteligencias.
Yo habrá dejado de notarse, cómo desde la sugestión.-de Lichtenberg á Chladni , ha querido unirse el oiigendel cometa al origen de las estrellas fugaces. Kepler loshabía ya comparado á pequeños cometas, quizá por suforma con núcleo y cabellera, aunque parece que él seinclinaba á creerlas exhalaciones terrestres que ardían enlas altas regiones.
Yosotros creemos que en este asunto la idea precon-cebida ha impulsado la inteligencia de los astrónomossobre un rumbo muy determinado, y que el suceso enalgunos pronósticos ha hecho olvidar principios que se