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Tomo I.
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VIII

temerosas para defenderse aun tratándose del fundador y reformador de la cpiedespués lia sido la armoniosa y bella lengua de Castilla, se recogieron á sus tien-das huyendo del estruendo de la guerra civil. Por aquel tiempo solo se atrevió áprotestar en contra de los principios de autoridad que se llevan referidos, defen-diendo á 1). Alfonso considerado como hombre político y como sabio astrónomo,el esclarecido infante I). Juan Manuel , el cual intentó bosquejar con un lenguajeculto y con la propiedad de una locución castellana , que Capmani llama deveneranda antigüedad, el retrato del sobredicho 1). Alfonso, tal como le conocióaquel nieto del Santo Rey D. Fernando. Pero el autor de la Crónica Abrevia-da y los libros del infante , del caballero y del escudero , de los conse-jos et castigos á su fijo 1). Fernando y de otras obras de letras y filosofía,al delinear el retrato moral y científico del sabio Rey, lo hizo como historiadorfavorable y como profundo literato; así es que no creemos nos correspondajuzgar ni interpretar las ideas y el bellísimo decir de D. Juan Manuel cuandohabla del Rey astrónomo.

Mucha parte del clero y de la nobleza castellana rechazaron á últimos delsiglo Xill, como un obstáculo, el gobierno de un hombre encanecido por la po-lítica, por la guerra, y principalmente por los estudios de las ciencias matemáti-cas; le acusaron por su afición y carácter tenaz en los referidos estudios; y en-tre otros medios, para robustecer mas y mas las revueltas civiles, se echómano del principio de autoridad en su contra, buscando la fuerza en ciertasverdades de la filosofía antigua, que espresamente se truncaron y alteraron parael referido caso.

Las armas, que se preciaban tal vez en aquel siglo de no conocer bien á losfilósofos antiguos, pero de ser fieles en conservar la tradición de los dichos ypreceptos de sus antepasados los godos, repitieron, con probabilidad en losúltimos años del reinado de I). Alfonso: «Que el estudio de los libros era la«ocupación mas á propósito para enervar y debilitar el valor guerrero de su»gefe.» (Cedren.) O aquellas otras frases que la historia refiere dijeron los godos ála Reina Amalasunta, esponiéndola: «Que la educación que se daba á Atalarico «no con venia á un Rey de los godos, porque las ciencias no podían reunirse con«el valor; que este con aquellas se convertía en timidez y en cobardía; por lo«tanto que era necesario separarle prontamente de los estudios, (pie son indo-«lentes, para dedicarle por completo á los ejercicios de las armas, pues se de-«seaba que Atalarico fuese un gran capitán; por último, que todo aquel que se«habituaba á tener respeto á sus maestros, sentiría después miedo á la vista«de la punta de una espada vuelta contra su pecho.» (Procop., de bell. Got .,lib. 1, cap. 20.)

Estas ideas es probable, y á nuestro juicio casi evidente, que las había con-servado y trasmitido la tradición, como criterio de la verdad, á la raza militar yguerrera contemporánea de 1). Alfonso, la cual, en su consecuencia, contribuyóá aumentar el desorden político de los dos años últimos del reinado de aquel.