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Tomo I.
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X

XXXIX

«boca cuando mueue los labios et muestra lo que quier decir por razón. Otios-»sí, ([uando all astrolabio paran, et enderezan et catan por él, faz entender por«huebra de vista lo que muestran las estrellas, bien cuerno si lo dixiessen poi«palabra porque conuiene.«

En los códices Alfonsíes, al tratar de la descripción del Can menor, algunaspalabras podrían interpretarse en mal sentido para la piedad y religiosidad de1). Alfonso; pero si á la referida descripción se agrega el capítulo 1. de loslibros del astrolabio llano, se puede asegurar que las antiguas crónicas tienenmucho que reformarse en su juicio sobre tan esclarecido varón, y esto aunsuponiendo que tratase ó describiese el mismo Rey aquella constelación me-ridional, bajo cuyo influjo estelar los antiguos astrólogos supusieron ó pie-tendieron poner el valor, la fidelidad y el instinto, con los cuales los canesen la tierra ayudaban y defendían á los hombres en medio de los peligros dela caza y de la guerra; indicándoles, cuando se pide consejo á la bravura ins-tintiva de aquellos seres animales, la proximidad de los peligros, y la edad,fuerza y número de los enemigos que tenian que combatir sus dueños.

Prévio el estudio del códice astronómico Alfonsí, hemos demostrado conanterioridad, citando algunos de los prólogos escritos por el Sabio Rey para loslibros del códice referido, que aquel tenia particular afición a aconsejar y dirigir con sus vastos conocimientos en las ciencias físicas y matemáticas, a losastrónomos de su tiempo en los trabajos que él mismo como vi tiles les recomendó llevar á cabo. Sin embargo, en el códice citado diremos como últi-ma prueba contra un dicho tan generalizado en la historia antigua y en algu-nas modernas, que ú pesar de la afición del Sabio Rey a dar consejos, no sehalla uno solo, de los (pie sin duda según sus enemigos se reservaba impía-mente aquel para dárselos, ó (pie hubiera podido dárselos á Dios , lefeien-temente á la ordenación de los cielos y curso de las siete primeras esfeias, ócon motivo de la cúbala y medios de que por ella resultase el aiicglo de losastros. Ni tampoco se hallan aquellos otros consejos, hijos de la repugnancia ydudas sobre la octava esfera en sus relaciones con los polos del Ecuadoi ycon los de la eclíptica.

¿Podrá nadie creer ni sostener formalmente, leyendo uno de los prólogosó cualquiera de los libros del códice Alfonsí, (pie 1). Alfonso, tan sencillo en eldecir, tan franco en el espresarse y tan aficionado a los progresos de las cien-cias, se reservaba ó tuvo el pensamiento de reservarse sus consejos, ocultán-dolos á los sabios de (pie se rodeó? Y decimos ocultándolos, porque los con-sejos y mandatos (pie constan escribió aquel son de una sencillez y sabiduríaadmirables; y respecto de los que se refieren á las dudas impías del sobredichopríncipe, por nuestra parte no los hemos hallado mas (pie supuestos ui lascrónicas de sus enemigos; habiendo recogido posteriormente, y sin justo crite-rio, las historias políticas de Europa aquellas frases para trasladarlas sin funda-mento á la historia de la astronomía.