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medio se han tenido algunas ideas referentes á la astronomía antigua de losgriegos, pertenecen también á las obras que tanto recomendó D’Alambertcomo necesarias para el estudio filosófico y completo de las ciencias astro-nómicas. El epítome del Almagesto , los comentarios al libro de las construc-ciones matemáticas de Ptolomeo, que escribió Regio-Montano ; los estudios deJorge de Trevisonda, los de Reinold, los de Halma, los de Venturi, losdel mismo Delambre , y otros muchos astrónomos y matemáticos que seríafácil citar, los cuales todos se propusieron estudiar, ilustrando, las obras astro-nómicas de la escuela de Alejandría , representada casi en su totalidad por lacomposición magna (el Almagesto ) de Ptolomeo , por los libros de la compo-sición matemática de este último, por la óptica y por las obras geográficasy cosmográficas que algunos le atribuyeron, son otra prueba mas de (pieD’Alambert , lo mismo que los astrónomos referidos, comprendieron en sus di-ferentes épocas la importancia de conocer ellos, y dar á conocer á los demásla verdadera ciencia y los errores que pudo sostener ó admitir la escuela as-tronómica de Alejandría .
Siguiendo igual camino, indicado por la buena filosofía, diferentes sabiosJesuítas en los siglos XYI y XVII, y posteriormente las Academias científi-cas holandesas é inglesas de antigüedades de la India , lo mismo que algu-nos marinos y viajeros, proporcionaron y proporcionan en la actualidad á laastronomía Europea, noticias, manuscritos orientales, libros y estudios sobrelo que fueron la ciencia y sus instrumentos de observación entre los chinos.No debiéndose dar al olvido entre estas obras las del orientalista inglés Hyde,sobre los catálogos y tablas astronómicas persas del emperador Hulough-Beg,reimpresas hace algunos años por la sociedad real de Londres ; así como tam-poco las memorias é investigaciones de la sociedad asiática de Bengala cuan-do se refieren á los libros astronómicos de la India , y menos las notas impor-tantes (pie Mr. Biot leyó á la Academia de París relativas á ciertos y deter-minados manuscritos que versan sobre las ciencias astronómicas de los paí-ses, en los cuales Bailly supuso haber hallado la cuna de todos los saberessobre las estrellas.
Estos estudios monográficos de las ciencias astronómicas, y otros muchos(pie se podrían fácilmente citar, creemos se hallan comprendidos en la opiniónque espuso tan filosóficamente D’Alambert, formando por decirlo así las par-tes de esa cadena de anillos mas ó menos ostensiblemente enlazados por losprincipios de la ciencia, en ocasiones aparentemente rotos por las distancias yaislamiento de los pueblos, por el olvido, por ciertas y particulares circunstan-cias, y hasta por el tiempo del silencio é ignorancia que ha trascurrido entrelas diferentes escuelas astronómicas, cuya existencia tiene comprobada la his-toria general de los progresos de la inteligencia, y de cuya reunión resulta laverdadera astronomía. Pero entre estos anillos de la cadena del saber a queanteriormente llevamos hecha referencia, existen dos que si por una parte, si-