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Tomo I.
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LXXXI

dado antes de concederles la sabiduría en ciencias, si antes no estaba bienprobada con hechos conocidos.

Si en el siglo XYI se ocuparon diferentes escritores españoles de los có-dices astronómicos de D. Alfonso de Castilla, en la siguiente centuria décima-séptima, las noticias de aquellos libros que se hallan son de escaso númeroy de muy poco valor. De ellos hablaron incidentalmente, pero llamando alcódice de Alcalá el de los instrumentos del Rey, como Riccio, Ricciolo y Dan-tes, los maestros que redactaron los estatutos de la Universidad de Salamanca ;leyéndose como prueba de nuestro aserto en la dedicatoria de aquellos estatu-tos de 1625, «y de esta célebre Universidad fueron aquellos consumadísimos«letrados (que no es de menor gloria para ella) que compusieron las Tablas

«astronómicas del Rey D. Alfonso. En aquella junta también se hicieron

«otros muchos libros que dieron luz á estas ciencias astronómicas, sobre los«cuales fué uno aquel preciado é ingenioso libro de los instrumentos que di-«cen del Rey D. Alfonso.»

A mediados de la misma edad XVII no hemos hallado mas que otra noticiatan indeterminada como la anterior, referente á los mismos libros, redactadapor el flamenco Blaeu en su gran Atlas del universo, y con la cual este discí-pulo de Ticho Brache, manifiesta que los códices orijinales del Rey D. Alfonsose guardaban cuidadosamente en la librería de la Catedral hispalense ó deSevilla ,

Do restante del siglo XVII trascurrió para las obras de D. Alfonso casi tandesgraciadamente, por el olvido, como en el tiempo que va trascurrido del ac-tual, hoy por unas razones, entonces porque la España vió disuelto su vas-tísimo imperio político y militar en Europa , suceso demasiado desgraciado delsiglo XVII, para que la atención é inteligencia de los hombres de nuestro paisno estuviesen ocupadas con las derrotas tan gloriosas de entonces, y con laresistencia tan noblemente mantenida como lo fueron las victorias y las ven-turas de los que entonces se llamaban enemigos, mas que de la España de laaltivez real ó supuesta y del orgullo del dominio Español ; y francamente no sepueden considerar como á propósito, ni se puede acusar á las épocas por olvidode las ciencias en los imperios, cuando estos se disuelven, cuando sufren grandesmutilaciones en su territorio, reinos y provincias, y cuando lenta ó velozmentese acercan á los grandes cataclismos sociales de los cambios dinásticos, si lasnaciones de que se trata estuvieran gobernadas bajo el principio del respeto alderecho heredado para el mando en familias y razas absolutamente determina-das por sus leyes.

Como pruebas del estado desgraciado que presentaron en España las cien-cias y sus antiguos libros en la mayor parte del siglo á que nos referimos, porlas causas lijeramente apuntadas, podríamos nosotros citar muchos hechos con-cretos; pero tratándose de los códices astronómicos Alfonsíes, én ellos mismos

hallaremos una prueba patente de las desgracias y de los tiempos á que nos re-

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