LIBRO I. DE LAS ESTRELLAS DE SEPTENTRION.
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Pero mas uerdadera razón semeía que la uertud uiene de aquel que nos mue-lle. et faz mouer los otros. Et por estas razones todos los demás se acordaronque esta era la morada de Dios , cuerno quier que él sea en todo et sobre todo.Casin falla, por fuerca de razón, et de natura conuiene que uno sea que nosmueua. et que por su uertud faga mouer todas las otras cosas. Et este es Dios que non a comienco ni fin. et fizo todas las cosas, et non fué fecho, et quemueue et non es mouido. et el que uee et non es uisto. et el que da uertud. etnon la rescibe. Et por esso debe saber todo orne entendudo que uee el cielo no-ueno. que es llamada la su casa, et es lleno déla su uertud. et ell la da á losotros, et dell la resciben.
La espera del ochauo cielo es la primera en que a estrellas figuradas, et esla mas noble de todas las otras siete, de que fablaremos adelantre. porqueestá mas cerca del noueno. Et la uertud que del rescibe. esta la parte por lasotras, cada una según que ell a menester, et á él conuiene. Esta espera es todallena de estrellas ya grandes, et menores, et medianas. Et figurada de todaslas figuras que fueron, et son. et seer podrán, et en cada una dellas a su uertudsigund la de Dios puso en aquella espera donde ellas son. Et por esso queremosfablar dellas. Et cuerno quier que las de los signos sean mas nobles en uertud.et mas connoscidas que las otras, et mas connoscidas de los ornes. Otrossíporque el sol cosre por aquella carrera por do los signos son. que es la mayoret mas noble et de mayor uertud que todas las otras estrellas. Et otrossíporque las otras planetas fazen su curso por aquel mismo logar, et dally anla mayor uertud. por esso semesíaba razón que daquellos signos fablássemosprimero.
Los astrónomos españoles del siglo XV y XVI fueron los primeros que dijeron, copiándose unos á otros, que en el sis-tema astronómico que adoptó D. Alfonso había ideado mas esferas celestes que las antiguas de las escuelas de Alejandría.Entre estos se halló Pedro Ciruelo , el cual, en su comentario al capítulo segundo de la esfera de Sacrobosco , dice quelos antiguos, en el tiempo en que vivia Aristóteles , contaban ocho cielos ú orbes celestes, divididos entre sí por nueve super-ticies esféricas; cuya opinión fue adoptada y seguida por Ptolomco y otros muchos ( Ptolomcei , Thebit, Alphragani aliorumque multorum,futí sententia), pero que posteriormente los astrólogos modernos, como Alfonso, Rey de España, y algunos de los contemporáneos ócasi contemporáneos del referido Pedro Ciruelo , como lo fueron Juan de Lineris, Jorge Purbachio, Juan de Monte-Regio, plurium-que aliorum, habían adoptado con probabilidad de gran acierto la opinión de que sobre las nueve supcríicies esféricas delos cielos debía existir otra décima, que servia de límite al primer móvil de los ciclos, pasando el roso ó sin estrellas de losantiguos, á ser el segundo móvil de todo el universo. Posteriormente el mismo Pedro Ciruelo , en el comentario que refe-rimos (folio XII), en lugar de citar de una manera determinada á D. Alfonso refiriéndose el mas complicado arreglo de loscielos que resultaba con las esferas celestes novena, décima y undécima, dice que se habían ideado por astrólogos que lehabían precedido fere per trecentos annos, es decir, que florecieron en tiempo de dicho Rey sábio, 'único punto en que aquelprofesor de astronomía de las Universidades de París y Salamanca á últimos del siglo XV, indica algunas dudas al atribuir áD. Alfonso una opinión que no tuvo.
Al doctísimo español citado, no en sus dudas sino en sus afirmaciones positivas referentes á las ideas supuestas en
la mente astronómica de D. Alfonso de Castilla sobre el número de cielos, siguieron la mayoría de los escritores espa-ñoles de los siglos XVI y XVII, y de ellos probablemente tomaron y adoptaron la misma opinión los astrónomos cstrangeros
en el siglo XVIII, repitiendo D’Alambert , sobre el arreglo, órden y número de los cielos que consideraban los antiguos
como parte del universo: «Aprfts Ptoloméo, Alphonse, roi de Castillo, ajouta deux cieux crystallins, pour expliquer qucl-•ques irregularités qu’il avait trouvées dans le mouvcment des cieux. Et on étendit enfin sur le tout un ciel empyrée, dont on• a fait le sejour de Dicu: et ainsi on completa le nombre de douze cieux.* Añadiendo algunas líneas mas abajo sin duda paraindicar, aunque indirectamente, que D. Alfonso anduvo moderado en sus supuestos, y además para dar D’Alamhcrt unaprueba patente de su vastísima erudición: «Pero Eudoxo admitió como partes del universo veintitrés cielos, Calipo treinta, Regio-Montano treinta y tres, Aristóteles cuarenta y siete y Fracastorio setenta, sin preocuparse ninguno de aquellos escritores con el