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S AGRAVIO
DE LA PROFESSIQN
LITERARIA.
, DISCURSO SÉPTIMO.
§. I.
¡ Ara contrapeso de los hermosos «táctilvos, con que las letras encienden el amorde los estndiosos,se introduxo la persuá^sion universal, de que los estudios abreayi^an á la vida los plazos. Pensión terri-*ble,si es verdadera! Qyc importa que el sabio exceda al igqnotante, lo que el racional al bruto; que el entendimiento»instruido se distinga de el inculto, como el diamante colo-cado en la joya, de el que yace escondido en la mina, ñquantos pastos fe dan en el progrtst’o de la Ciencia, fontropiezos en la cartera de la vida ? Igualo Scneca los Sa-ibios álos Dioses; pero sifón mas perecederos que losdemás hombres, distan masque todos déla Deidad , pos-»que distan mas que todos déla immortalidad. La virtud,]supremo ornamento de la Alma, es parto legitimo de laCiencia: Virtutsm fhtfrinafarit, que decía Horacio. Pe*
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