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Tomo I.
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XIII

todo lo que tienen de útil las artes, y de ella dice que era el mejor y masgrande don que los dioses habian concedido á los hombres.

Suponiendo que D. Alfonso oyó el dicho y el motivo sobre sus estudiosastronómicos, en que se fundaban la enemistad y las pasiones descubiertasde los que hacia pocos años le respetaban, lo cual es muy posible, creemos queno los comprendería recordando los tiempos y reinados de Filipo, de Alejandro,de César y de Augusto , señalados en la historia como los únicos notables porel desarrollo y cultivo de las ciencias y de las artes, concurrentes con las glo-rias política y militar de aquellos tiempos, que sin las primeras hubieran des-merecido mucho; hecho histórico que se ha repetido posteriormente á la épocadel sabio Rey de Castilla, y que se reproducirá en los tiempos futuros de lasnaciones.

En definitiva, los enemigos y ambiciosos apasionados de aquel, creyéndoleastrolomiano y estrellero judiciario, tal vez le dijeron: Si tan bien conoces lasestrellas, que te indiquen los astros el final de tu reinado, defendiéndote, co-nocedor ya del porvenir, con el talento que algunos te suponen, ó con tuvalor antiguo, ó con tu debilitada fuerza; mientras que muchos amigos, queno tenían medios, ni valor, ni conocimiento positivo de lo que Don Alfonsosabia, parece natural que admitiesen como una verdad histórica de su épocael deber en que estaban los reyes de esclavizar su inteligencia, no perdiendoun solo momento en saberes que se creian profanos á la ciencia de gobierno,negándose á admitir hasta la posibilidad de que un hombre tuviera tiempopara sobresalir en tantos y tan diferentes estudios, como pretendía hacerlo elgefe entonces de los reinos de Castilla; y para guiar además con segura manola nave de sus Estados en los mares borrascosos, y en las circunstancias azaro-sas y difíciles de aquellos tiempos.

Los buenos y leales á I). Alfonso, fundándose en la consideración anterior, sepuede admitir que le acusaban en silencio por unos conocimientos cuya influen-cia social desconocían, sin embargo de lo cual creian que contribuían á unaparte de las desgracias del reino. Se contaban los cuatrocientos mil escudos que,según los cronistas, llevaba gastados el Rey para la redacción de sus dos códi-ces astronómicos (las Tablas Alfonsícs, y el códice del saber de astronomía); mur-muraron de los favores que aquel dispensaba á los sábios; criticándose tambiénsu afición á compartir con ellos el trabajo de reformar y adelantar en el si-glo XIII las ciencias matemáticas y físicas.

La contestación á estos cargos, que no por suponerlos hijos de la modera-ción ilustrada son menos fuertes que los (pie le dirigiera la voz apasionada, ladejó escrita de su propio puño el Rey referido, como defensa, en los preámbu-los y prólogos que preceden á cada uno de sus libros, en el códice arriba citado.

Leyendo aquellos preámbulos, y recordando las demás obras de 1). Alfonso,no se puede menos de traer á la memoria la metáfora de que se sirvió Fonte-nell al principiar el elogio de Leibnitz, diciendo que en la antigüedad fué posi-