LXVI
de la inteligencia, hasta nivelarlas con el fondo del valle en que trascurrió laexistencia de aquella.
De todo lo espuesto se demuestra, como se espresó en un principio, la difi-cultad que existe históricamente para probar la existencia real de astrónomosy matemáticos que, como Federico II de Alemania, Urbano IV en el orden delPontificado, Manfredo de Sicilia, Holagu de Persia y I). Alfonso de Castilla , ha-yan cultivado en el siglo XIII los estudios astronómicos por sise, sostenien-do á los sabios en aquellas ciencias, y provocando é iniciando por todos losmedios de que pudieron disponer, como gefes de sus naciones y gobiernos, elmovimiento conocido actualmente bajo la denominación de renacimiento de lasciencias y letras del período actual. Pero las dudas á que nos hemos referido,y que pueden ser fundadas con relación á los Césares y príncipes estranjerossobredichos, que pudieran comprender á D. Alfonso de Castilla , es innegablelógicamente que se desvanecieran, si las ciencias conservasen las obras origina-les que se digeron escritas ó dirigidas en su redacción y plan científico porcada uno de aquellos astrónomos, matemáticos y Césares, en el siglo XIII denuestra era.
Exhumados, por decirlo así, aquellos preciosos restos de la inteligencia, siexisten, evidentemente podría saberse de un modo positivo quién y cuál fué elverdadero ó el mas noble astrónomo entre los reyes sobredichos. Entonces, ysolo entonces, fundándose en el exámen y crítica imparcial de los códices, seala que quiera la primitiva lengua de su escritura, se desvanecerían todas lasdudas, y se sabría quiénes son los reyes de la centuria décimatercera que tie-nen derecho á ser considerados como astrónomos, y quiénes como astrólogosjudiciarios; y en definitiva, si resultase aducida prueba tan irrefragable, que nohubo mas que uno entre ellos que cultivase la verdadera ciencia de los cielos,podrían fundarse mas las congeturas, para esplicarnos lo que se escribió en lascrónicas referentes á la gran sabiduría de aquel, con cuyos méritos ante lasciencias se ha pretendido ennoblecer á los gefes de otras naciones que fueronsus contemporáneos.
Las obras astronómicas y matemáticas que se dicen escritas en las cortes,y por el cuidado y dirección de Federico II, de Urbano IV, de Manfredo y de Ho-lagu, si se atiende á lo que de ellas se lee en las historias científicas que con-servan sus nombres, se hallan guardadas por la duda relativamente á larealidad de la existencia y conservación de aquellos códices originales en laactualidad.
Si la duda filosófica y de la razón son las guardadoras actuales de las obrasastronómicas y matemáticas atribuidas en todo ó en parte á los príncipes arri-ba referidos, en cambio los códices Alfonsíes de la astronomía castellana de lacenturia XIII han estado guardados hace tres siglos por el olvido , que comomotivo se comprende es fácilmente vencible; por lo menos lo debe ser muchomas que la oscuridad y vagas opiniones disputando en el terreno claro de la