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Tomo tercero.
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L¡a Ambición’ en el Solíó^

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§. IV.

L A culpa 6 c elle al,uto , quandole hay , tienefimalintencionados Ministros, y viles adulandores. Aquellos fe intcrestun en cstender el Imperio masallá de lo justo , porque por participación les toca algo deaquella propaffada autoridad. Estos van á ganar la graciádel Principe con el arbitrio fácil, que le proponen , paraelevar á mayor celsitud fu jurildicion. Con este fin no cef-san de representarle , que la total independencia es essen-cial á la Corona: Que las leyes , y costumbres fon limitati-vos indignos de la foberania-.Que un Monarca,tanto fe ha-ce mas espectable, qitanto re y na mas absoluto: Que la me-dida justa de la autoridad Real es la voluntad delRey.Quotanto mayor exaltación logra el Solio,quanto á mayor pro-fundidad fe ve abatido el Pueblo:Quc en fin,un Rey esDei-idad en la tierra; y tanto esfuerzan esta maxima , que quan-to es de fu parte procuran olvidarle de que hay otra Dei-dad superior en el Cielo.

2 1 Es bello á este proposito un caso , que refiere efisus Anécdotas Juan Reynaldo de Sagráis. Estaban algunosCortesanos entreteniendo con Máximas dePolitica tyra-na , semejantes á las expresadas , al Gran Luis Decimo-quarto , quando aquel Principe no tenia mas de quinceaños. Creo, que á cinco mas que tuviera , el menor casti-go que les daría, feria desterrarlos para siempre de fu pre-senda, y de la Corte. Mas la falta de experiencia , la ca-pacidad , aun no del todo formada, juntas con el ardor defu vivifsimo espíritu, le hacían oir con agrado , como pro-porcionada á la grandeza de fu corazón , aquella idea dSun ilimitado poder : al tiempo mismo, que el Mariscas deEtre , hombre anciano , de gran consejo , y madurez , quose hallaba poco distante de el Rey, estaba escuchando áaquellos aduladores con fumma indignación. Prosiguien-do estos fu aflumpto , traxeron á la conversación el exem-plo de los Emperadores Otomanos , refiriendo como aque-llos Monarcas fon dueños despóticos de las vidas, y ha-

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