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ticar y oponerse á que los Gobiernos por su parte, y las sociedades científicasy literarias por la suya, emprendiesen esta tarea de rehacer y estudiar á la anti-güedad, considerando el trabajo como poco útil y casi innecesario; añadiendoque aun en la actualidad sería inconveniente, puesto que en cambio de algu-nas noticias de curiosa y amena literatura antigua, se perdería lastimosamenteuna parte del tiempo presente, que vale mucho; y el dinero, que aplicado á lasciencias de hoy puede valer mas; no habiendo compensación, según se dice,entre aquellas amenas curiosidades, y el tiempo y el dinero que costarían eladquirirlas.
Las razones contrarias á la publicación actual de los códices Alfonsíes, fun-dadas en los motivos que preceden, podrán tener valor para los que las formu-lasen: se puede, aunque muy gratuitamente, concedérsele, si en esta publica-ción se tratase de algunas obras de artes, bellas letras, y aun de ciertos códicesque se refieren á las ciencias morales, legislativas, de discusión crítica y algu-nas otras; pero aun suponiendo que las razones de oposición á que nos referi-mos tuviesen algún valor en los casos indicados, le perderían tratándose de laastronomía y ciencias matemáticas, cuyos caracteres esenciales no los conocen,ó es frecuente serles desconocidos á muchos literatos. Para demostrar esta es-cepcion á favor de dichas ciencias, no hay mas que atender á que si las obras delas artes se pueden dividir por épocas determinadas, y hasta por individuos muyseñalados, que existieron completamente independientes unos de otros, sin gra-ves inconvenientes para el genio; si la literatura y ciertos géneros de ella, lasciencias políticas, las legislativas y otros conocimientos han podido existir y secultivaron con fortuna en ciertos tiempos y determinados lugares, formandosiglos clásicos que para reproducirse no han necesitado de sus predecesores, loscuales tal vez de recordarlos hubieran sido un obstáculo; en las ciencias mate-máticas y astronómicas, por la índole especial de la exactitud siempre constantede sus conocimientos, no se puede sostener ni remotamente que haya sucedidolo mismo, ni puede suceder lo que temen los que mantuviesen la oposición á lapublicación de los códices de I). Alfonso el Sábio. Para demostrarlo diremos queGalileo, hablando de la marcha que había seguido su inteligencia, llena de acti-vidad por el estudio de las ciencias astronómicas y físicas, aseguraba que todolo debió á la mayor y mas recta interpretación que él, es decir, que su mente
pensadora, había dado á cada una de las ideas consignadas en las obras de Ar-químedes, aplicándose á deducir nuevas consecuencias de las premisas sentadaspor aquel matemático en España y Siracusa. A Galileo siguió Keplero , á ésteNewton, á éste Laplace, y otros cuyos nombre y obras conocemos, aplicandomas perfeccionados los medios del estudio y entre ellos la inducción lógica, cadadia mas ejercitada, á las ciencias astronómicas, que en la esencia fueron en todaslas mentes de aquellos siempre las mismas; que sin envejecer ni ser nunca nue-vas esencialmente, tienden constantemente á progresar y perfeccionarse; porconsecuencia presentando siempre el carácter de no ser posible en ellas rom-